ROBÉ SU ROSTRO PARA AMARLA.
Funcionó. Dios, cómo funcionó.
Nicolás -ese nombre ya no me pertenece- era una sombra que se disolvía en las esquinas de las habitaciones. La gente me atravesaba con la mirada, como si fuera vidrio sucio. Kael, en cambio, era un imán. La perfección es eso: un campo gravitatorio. Y yo aprendí a orbitarlo, a vestir su silueta hasta que los hilos se me clavaron en los huesos.
Luisa... Luisa no era un sueño. Era el olor a café quemado a las 3 AM, el hábito de morderse el dedo índice al concentrarse, la risa que soltaba de golpe, ronca, inesperada. Mi mentira se construyó alrededor de esos detalles reales. Los absorbí. Se convirtieron en mí.
La mentira era un traje que me quedaba perfecto. Hasta que el corazón, ese traidor orgánico, empezó a latir con un ritmo que no era el mío. Un eco. Un duplicado. Ahora late en dos pechos a la vez, un tambor sincronizado en cuerpos distintos.
Ahora hay dos.
El original -la fuente, el manantial- camina por ahí, con mi vida pegado a su rostro.
Y estoy yo, el reflejo que ganó peso, textura, deseos propios.
Y ella, Luisa, acaricia la mejilla de uno y sus dedos me queman a mí. Susurra al oído del otro y yo siento el calor del aliento. Nos ama pero su amor es un río que se bifurca; una mitad va a la fuente, la otra a un pantano que aprendió a fingir manantial.
No te preguntes hasta dónde llegarías por ser amado.
Pregúntate qué pedazos estás dispuesto a dejar atrás en el camino. Y si, al final, reconocerás el monstruo que llega al destino.
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Esto no es una historia sobre un clon. Es sobre el vacío que hay entre quien eres y quien te miran.
Es posible que te reconozcas en su miedo. En ese instante de silencio frente al espejo, preguntándote si lo que ves sería suficiente para alguien. Él solo llevó esa duda hasta su final más lógico, más desgarrador.
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