Al final no fueron uno, fueron tres.
Tres cuerpos distintos sosteniendo el mismo peso: un apellido que no pidió permiso para quedarse. Cada uno lo cargó a su manera -uno con obediencia, otro con rabia, otro con silencio-, pero ninguno escapó.
Aprendieron pronto que no heredaron amor, heredaron expectativas. Que el apellido no los nombraba, los reclamaba. Los unía no por elección, sino por una deuda antigua que nadie explicó y todos exigieron pagar.
Entre ellos no hubo competencia, hubo resistencia. Sabían que fallar no era una opción, porque en esa casa no fallaban los hijos: fallaba el linaje. Así crecieron, sosteniendo una historia que no escribieron, defendiendo silencios ajenos, aprendiendo a parecer fuertes mientras se quebraban en privado.
Al final entendieron que el legado no se discute ni se transforma. Se obedece. Se continúa. Se carga. El apellido no ofrece redención ni descanso; solo exige permanecer y repetirse, intacto, a través de ellos
Donde Elizabeth quería un descanso tranquilo después de su muerte, pero gracias a un dios, recibe la maldición de reencarnar en una novela de amor juvenil que ella odiaba con todo su ser.
Crepúsculo fanfiction.