Anne tiene diecisiete años.
Es observadora, sensible, y demasiado empática para su propio bien. Suele justificar a los demás antes que a sí misma, pedir perdón incluso cuando no hizo nada.
Sonríe para evitar conflictos y guarda silencio cuando algo le incomoda. Cree que eso es madurez. En realidad, es miedo a decepcionar.
Tiene una risa escandalosa, una mirada que delata cuando está cansada y un corazón que confía más de lo que debería.
No se considera especial, pero lo es en la forma peligrosa: es el tipo de persona que hace sentir comprendidos a los demás, incluso cuando nadie se toma el tiempo de comprenderla a ella.
Anne no sabe poner límites.
Y eso la convierte en el blanco perfecto.
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Noah tiene dieciocho años y una calma que no pide atención.
Eso es lo que la gente nota.
Eso es lo que la gente se equivoca en interpretar.
Es inteligente, paciente y meticulosamente observador. Habla poco, escucha demasiado y recuerda todo. No necesita controlar de forma evidente; prefiere influir. No levanta la voz. No se altera. Siempre parece razonable, incluso cuando no lo es.
Sabe leer a las personas y adaptarse a lo que necesitan escuchar. Con Anne, es cuidadoso. Protector. Comprensivo. Nunca invade, nunca exige. Espera. Y mientras espera, construye dependencia.
Noah no cree que esté obsesionado. Cree que está cuidando algo frágil.
No entiende el apego como algo que deba cuestionarse, sino como una responsabilidad.
Para él, perder a Anne no es una posibilidad.
Es un error que piensa evitar a cualquier costo.
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