Nunca quise tener un demonio en casa.
Mucho menos uno que no supiera usar un despertador.
Si alguien me lo hubiera dicho antes -que acabaría discutiendo con una criatura ancestral sobre horarios humanos, desayuno y normas básicas de convivencia- me habría reído. O habría llamado a un exorcista. Probablemente a ambos.
Pero ahí estaba yo, de pie en el pasillo, oliendo a plástico quemado por segunda mañana consecutiva, mirando los restos humeantes de un objeto que solo tenía una función en la vida: despertarnos. Y había fallado estrepitosamente.
Desde la habitación llegaba tu respiración tranquila. Demasiado tranquila para alguien que, según los libros, debería estar susurrando blasfemias o planeando el fin del mundo. Dormías como si el caos no fuera contigo, como si el fuego que te obedecía no hubiera reducido mi presupuesto doméstico a cenizas.
Y ese fue el momento exacto en que lo entendí. El problema no eras tú. El problema era que el infierno no incluía instrucciones para vivir entre humanos. Tú no sabías qué era el tiempo, ni el miedo correcto, ni por qué las cosas se rompían cuando ardían. Yo no sabía cómo cuidar de algo que no estaba roto, solo... perdido. Entre siglos, entre reglas, entre mundos.
Así empezó todo.
No con un ritual, ni con un grito, ni con una profecía.
Empezó con un despertador quemado, un "cinco minutos más, Theo", y la certeza incómoda de que, quisiera o no, ya éramos familia.
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