꧁༒𝑮𝒊𝒂 𝑰𝒕𝒐𝒔𝒉𝒊༒꧂
La chica hizo un gesto de decepción, pero aceptó la respuesta con respeto. Entonces Takeda, incapaz de contener su curiosidad habitual, tocó el tema que sabía que irritaría a Gia.
-¿Sae no te ha depositado todavía? Ese hermano tuyo parece vivir en otro planeta.
Gia soltó una risa breve, seca y amarga que apenas curvó sus labios. Se incorporó con esfuerzo visible, apoyando una mano discretamente sobre su vientre mientras su complexión atlética -piernas largas y fuertes, muslos gruesos y jugosos, caderas anchas que daban a su figura curvas pronunciadas pero elegantes- se movía con rigidez inusual. Su postura, sin embargo, seguía siendo recta, alerta, como si el dolor fuera solo otro rival al que debía dominar.
-El imbécil me deposita cada vez que se le da la gana, como si yo pudiera subsistir con migajas mientras él persigue sus sueños en Europa. A veces siento que para él soy solo una nota al pie en su vida, algo que maneja cuando le conviene. Pero aquí estoy, lidiando con todo esto sola.
Takeda frunció el ceño, recordándole la carga completa de su agenda con tono cuidadoso.
-Gia, y no olvides que también tienes que supervisar los otros tres clubes. Costura, teatro y cocina no se van a manejar solos. Eres la presidenta de todo eso por algo.
Ella se quejó en voz baja, un sonido casi inaudible que revelaba más vulnerabilidad de la que jamás admitiría.
-Como me cae gorda tener que estar en tantos clubes al mismo tiempo... A veces siento que me estoy partiendo en pedazos solo para mantener el control. Oye, ¿no estoy manchada? -preguntó de pronto, girándose con lentitud para que Takeda revisara su falda escolar, su voz teñida de una urgencia práctica.
Takeda enarcó una ceja, entre divertido y resignado por la confianza que habían alcanzado.
-No sé en qué momento tú y yo llegamos a tener este tipo de confianza tan directa... No, no estás manchada. Todo está bien por atrás. Relájate un poco.