En el pequeño pueblo rural de Gardey, donde el tiempo parece detenido y las cosas olvidadas nunca desaparecen del todo, algo antiguo comienza a despertar.
Lucas, un joven del pueblo, empieza a notar señales imposibles de explicar: luces inmóviles en el cielo, voces que provienen de objetos apagados, símbolos que aparecen donde antes no había nada, y personas que parecen actuar como si no estuvieran del todo vivas. Poco a poco descubre que Gardey no es solo un pueblo: es la superficie de algo mucho más profundo.
Bajo la tierra, bajo la memoria colectiva, existe un tejido invisible que conecta recuerdos, cuerpos y lenguaje. Una entidad antigua que no invade con violencia, sino con olvido. Se alimenta de lo que nadie recuerda, de lo que fue callado, enterrado, negado por generaciones.
A medida que Lucas se acerca a la verdad, comprende que no fue elegido al azar. Que otros antes que él también descendieron hacia ese núcleo oculto... y pagaron el precio: perder su identidad, su memoria, su nombre.
Para destruir aquello que habita bajo Gardey, Lucas deberá hacer lo único que nadie se atrevió a hacer: recordarlo todo. Incluso aquello que no le pertenece. Incluso si eso significa dejar de ser quien es.
Porque en Gardey, lo enterrado nunca muere.
Solo espera ser recordado.
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