Antes de la rehabilitación
La lesión ocurrió en un partido que nadie iba a recordar por el resultado.
Minuto setenta y cuatro. Un giro mal apoyado. Un segundo de más.
El cuerpo avisó antes que la mente, pero Adrian no escuchó.
Siguió.
Jugó diez minutos más con dolor, con bronca, con esa idea peligrosa de que el cuerpo siempre obedece si uno lo exige lo suficiente.
Cuando cayó al césped, ya era tarde.
El diagnóstico fue claro.
La recuperación, larga.
El margen de error, mínimo.
-Si te apurás, te rompés -le dijo el médico del club.
Pero nadie estaba pensando en eso.
El entrenador sí.
-Necesitamos que vuelvas lo antes posible -le dijo en su oficina, con la voz baja-. No te estoy pidiendo un milagro. Solo compromiso.
Compromiso.
Esa palabra que siempre significa lo mismo: poner el cuerpo.
-Te voy a presentar a la nueva kinesióloga -continuó-. Confío en ella. Pero vos tenés que poner de tu parte.
Adrian asintió. No porque confiara, sino porque no sabía decir que no.
La puerta se abrió.
-Camila -dijo el entrenador-. Él es Adrian.
Ella lo miró como mira a todos los cuerpos nuevos: evaluando, no admirando.
-Encantada -dijo él, extendiendo la mano.
Ella dudó un segundo. Luego la estrechó.
-Empezamos despacio -dijo ella.
Adrian sonrió, como si fuera un chiste.
El entrenador no.
-Es lo mejor para vos -agregó.
Camila levantó la vista.
-Si se apura, se rompe -dijo.
El silencio que siguió fue incómodo.
Adrian sintió, por primera vez, que alguien no estaba dispuesto a ceder.
Y no supo si eso lo tranquilizaba...
o lo aterraba.
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