Durante un tiempo, creyó que el infierno los había olvidado. Que el amor -ese amor que nació entre fuego cruzado y sangre derramada- podía construir algo real. Algo que valiera la pena proteger. Zahara dormía a su lado. Y los mellizos, en la habitación contigua, respiraban al mismo ritmo que su esperanza. Derek, el hombre forjado para matar, se había permitido algo que nunca pensó posible: paz. Pero la paz, en su mundo, es solo una tregua disfrazada. Un silencio antes del disparo. Una calma que huele demasiado a despedida. Él lo sabía. Ella lo intuía. Allá afuera todavía quedaban enemigos con cuentas por cobrar. Cicatrices abiertas. Juramentos rotos. Nombres susurrados entre sombras. Y si algo había aprendido en esta vida... es que todo lo que ama, tarde o temprano, le es arrebatado. > La pregunta no era si vendrían por ella. La pregunta era cuándo.
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