A las dos de la madrugada el mundo parecía pertenecerles solo a ellos.
Minje hablaba bajito, recostado en su cama, mientras Juwang sonreía al otro lado del teléfono, con la luz apagada y el corazón despierto. No importaba si ya había amanecido o si la noche volvía a caer; siempre encontraban una excusa para quedarse un poco más.
-No te duermas -decía Juwang.
-No pienso hacerlo -respondía Minje-. Quédate conmigo.
Eran novios.
Todos lo sabían.
Salían tomados de la mano sin esconderse, tenían citas torpes y bonitas, se mandaban mensajes durante el día y regresaban el uno al otro cuando la noche se hacía larga. Las mamás lo sabían, los amigos lo sabían. Era un amor que no pedía permiso porque nunca sintió que lo necesitara.
Minje prometía cosas pequeñas, pero firmes.
Que no huiría.
Que no soltaría su mano.
Que, pasara lo que pasara, siempre encontraría el camino de vuelta.
Juwang le creyó.
Porque Minje decía esas palabras mirándolo a los ojos.
-No quiero perderme hoy -susurró Minje una vez-. No quiero vivir sin ti todo el día.
Juwang apretó el teléfono contra su oído como si así pudiera acercarse más.
Nunca imaginó que algunas promesas no se rompen de golpe,
sino que se alejan despacio...
hasta que un día ya no vuelven.
Y aun así, Juwang esperó.
Porque cuando amas de verdad, no sueltas, incluso cuando el otro ya se fue.