El mar lo recuerda todo.
Recuerda la forma en que Neteyam le sonrió bajo el resplandor del arrecife, el silencio que siguió cuando Aonung dijo lo único que nunca podría retractarse.
"Desearía que fueras una niña."
Años después, la guerra terminó. Los arrecifes se reconstruyeron. Y, sin embargo, el agua aún lleva su nombre, silenciosa, persistente, como una oración que Aonung nunca dejó de susurrar.
Cuando Neteyam regresa al arrecife, ahora más adulto, más suave, intocable, Aonung aprende que el tiempo no siempre cura lo que el amor deja atrás.
Algunas cosas la marea las conserva.
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