Fue mi decisión, sí. Y tal vez también puede llamarse el mayor de mis pecados. Muchos dirán que lo merecía y quizás tienen razón. Después de todo fui yo quién tomó esta vida siendo conocedora de las consecuencias que traía consigo.
Mi cuerpo ya no es mío, es solo un montón de huesos. ¿Cómo puedo llamarlo cuerpo si a diario intento deshacerme de mi piel y la suciedad inexistente ante los ojos ajenos? Lo odio, lo detesto y me asquea profundamente. Ser insegura no es la razón exacta de mi repudio. Soy hermosa y deseada, y es el ser deseada lo que promueve el odio y desagrado ciego hacia toda mi anatomía.
Ellos me observan, me anhelan y probablemente me tendrán una noche. Me ven como un cálculo, una cantidad, un tiempo divertido y agradable. ¿Y yo? ¿Qué puedo hacer yo más que inclinar mi cabeza y cumplir como un perro fiel y domesticado ante sus mandatos? Al final, de donde vengo, todo se paga con carne.
Nunca quise ser la víctima. Las víctimas son vulnerables, diáfanas, limpias. Yo soy mugre. Y la mugre no se lava, se pega, se acumula y entierra todo a su paso.
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