Relatan los ancianos, en pergaminos gastados por el tiempo, que en el invierno del año 1874,
cuando el reino yacía bajo un manto de nieve perpetua y el silencio helado dominaba las noches, ocurrió un suceso que jamás fue olvidado. En aquella era, cuando los designios del cielo aún gobernaban el destino de los hombres, un pequeño omega, de linaje humilde y corazón atormentado, se postró sobre la tierra congelada e invocó a la Luna durante toda la noche, hasta que el alba, pálida y fría, amenazó con romper la oscuridad. Entre lágrimas que se confundían con los copos de nieve, rogaba que, al llegar el nuevo día, le fuese concedido unirse en matrimonio con su amado, el príncipe Kim, heredero de sangre noble y objeto de su devoción eterna.
Entonces, desde el firmamento cubierto de nubes blancas, la Luna llena descendió su voz, antigua como el propio cielo:
-Concedido será tu deseo. Tendrás al hombre que anhelas- susurró-, pero a cambio reclamaré el primer hijo que engendres para él.
Pues la Luna, eterna y solitaria, deseaba ser madre, y no hallaba afecto alguno que la hiciese humana, ni amor que la convirtiese en mujer.
"Si mi hijo es entregado al cielo, de cualquier modo poco amor habría de recibir en este mundo" pensó el omega, endureciendo su corazón, mientras el frío calaba hasta los huesos.
Alzó el rostro cubierto de escarcha y con voz firme, pese al temblor de su alma, declaró:
-Acepto, pero...- añadió el omega, con duda nacida del temor- dime, venerable Luna ¿Qué propósito guardas para un niño nacido de carne mortal? En ese instante, el cielo se oscureció por completo. Los vientos invernales rugieron con furia, los relámpagos rasgaron las nubes y la nieve cayó con violencia sobre la tierra. La Luna se desvaneció sin responder, dejando claro que el pacto sería cumplido, mas que aquella última pregunta
jamás obtendría respuesta... ¿Por qué?
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