Las palabras no solo nombran la realidad: la crean.
Antes de que algo exista afuera, primero se dice adentro.
Por eso, lo que una persona se repite termina convirtiéndose en verdad.
La Biblia afirma que la vida y la muerte están en poder de la lengua.
No porque las palabras sean mágicas, sino porque forman identidad, dirigen decisiones y sostienen destinos.
Una palabra puede sanar o herir, levantar o limitar.
Y las más peligrosas no son las que otros dicen de nosotros, sino las que aceptamos como propias.
Cuidar el lenguaje es cuidar la vida.
Porque toda palabra creída, tarde o temprano, busca hacerse realidad.
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