En los tiempos antes de cristo, cuando el mundo aún no respiraba bajo el latido mágico, existía una verdad que ahora yace enterrada bajo siglos de mentiras convenientes.
En el continente de Aethelgard, donde cinco reinos se alzan sobre pilares de poder arcanos, existe una ley fundamental: todo ser que respira, mana magia. Desde el más humilde gusano de tierra (con su ínfimo 1%) hasta el más glorioso dragón celeste (cuyo 97% ilumina los cielos), la magia es la sangre del mundo, el aliento de la existencia, el tejido mismo de la realidad.
O eso nos han hecho creer a todos.
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