Elle tenía una mirada que no correspondía a su edad. No era triste todo el tiempo, pero sí profunda, como si siempre estuviera escuchando algo que los demás no podían oír. Su presencia era silenciosa; no buscaba atención, pero tampoco pasaba desapercibida. Había en ella una calma extraña, casi inquietante, como el eco de una tormenta que aún no empezaba.
Su magia se manifestaba de forma sutil. No explotaba ni brillaba sin control: se deslizaba. Las velas parpadeaban cuando estaba inquieta, el aire se volvía más denso cuando se enfadaba, y a veces los objetos parecían responderle sin que ella los tocara. Elle no lo entendía, pero lo sentía como una extensión de sí misma.
Creció aprendiendo a observar antes de hablar, a guardar secretos incluso de quienes amaba. En su interior convivían dos fuerzas opuestas: el deseo de pertenecer y la certeza de que nunca encajaría del todo. Amaba con intensidad, pero temía hacerlo, como si supiera -en algún lugar muy profundo- que amar siempre tendría un precio.
Elle Greengrass caminaba por la vida con un pasado que no eligió y un destino que aún no conocía, pero que ya comenzaba a reclamarla.
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