La humanidad sobrevivió al colapso, pero no salió intacta.
Tras la Crisis (un evento que los archivos oficiales apenas describían) el mundo fue reorganizado bajo un sistema que prometía estabilidad a cualquier precio. Las ciudades quedaron sectorizadas en muros gigantes, la natalidad fue regulada y la ciencia pasó a pertenecer exclusivamente al Estado.
Los Nurks aparecieron poco después; humanos sin sentimientos, mutados, hambrientos.
Sin embargo, el régimen ocultó una verdad que jamás llegó a la población: algunas personas estaban comenzando a cambiar.
Los llamaron Elegidos.
Eran pocos, estrictamente vigilados y mantenidos lejos de la mirada pública. Individuos con capacidades que desafiaban toda explicación científica. Para el Estado no eran ciudadanos, sino activos estratégicos.
El doctor Elías Varek trabajaba para uno de los complejos científicos más herméticos del régimen y conocía mejor que nadie aquello que estaba ocurriendo. Durante años obedeció cada norma, hasta que decidió quebrantar la única ley que nadie desafiaba sin desaparecer.
Ocultó a su hija.
Nereith no figuraba en censos, no tenía identidad legal y jamás había abandonado el laboratorio donde creció. Oficialmente, no existía. Extraoficialmente, era la paciente 0... y la más enigmática de los Elegidos.
Cuando un grupo de delincuentes la secuestró creyendo haber encontrado la forma de chantajear al científico para robar su investigación, provocaron una fisura en el sistema que el Estado llevaba décadas sosteniendo en silencio.
Porque Nereith no solo era una pieza clave del proyecto: era su origen.
Mientras las autoridades se movilizaban para recuperarla antes de que su existencia saliera a la luz, una amenaza comenzó a tomar forma: si la verdad emergía, el mundo descubriría que la evolución ya había comenzado... sin su consentimiento.
Y que el futuro de la humanidad quizá ya no le pertenecía.