Hubo un tiempo en que el estandarte del Dragón Solar ondeaba desde los mares salinos del sur hasta los fiordos helados del norte. Las legiones de Theryon marchaban con disciplina de hierro, y donde sus sandalias pisaban, nacían caminos, fortalezas y juramentos.
El Imperio no se forjó solo con acero, sino con promesas.
Prometía paz a los mercaderes, ley a los campesinos y gloria a los ambiciosos.
Theryon era eterno.
Al menos eso decían.
Bajo el reinado del emperador Valerius IV, llamado el Invicto, las fronteras dejaron de expandirse. Ya no quedaban enemigos dignos, y la guerra se convirtió en ceremonia. Los generales competían por honores en campañas breves contra rebeldes mal armados. Las legiones eran más numerosas que nunca, pero sus espadas rara vez probaban sangre verdadera.
El Imperio comenzó a pudrirse en su abundancia.
Los senadores conspiraban por influencia. Los gobernadores provinciales acumulaban riquezas. Las órdenes mágicas discutían doctrinas mientras experimentaban con reliquias aelyr que sus antepasados habrían destruido por temor.
Y en el norte, Skjarnheim observaba en silencio.
Cuando la enfermedad alcanzó al emperador, lo hizo como hacen todas las cosas inevitables: sin anunciarse. Primero fue la tos. Luego la debilidad. Después los susurros.
Valerius IV no tenía hijo legítimo.
Los generales acudieron a la capital como cuervos al campo de batalla. Cada uno traía consigo a sus legiones más leales. Las calles de Therya, la Ciudad Dorada, se llenaron de acero y estandartes.
En su lecho de muerte, bajo un techo pintado con escenas de conquistas pasadas, el emperador reunió a sus comandantes más poderosos. El incienso apenas lograba ocultar el hedor de la enfermedad.
Dicen que su voz era poco más que un suspiro.
-El más fuerte de mis generales... será el Emperador.
Algunos pensaron que deliraba.
Otros creyeron ver una sonrisa en su rostro demacrado.
Valerius IV murió esa misma noche.
Y con él, la paz.
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