Cuando Dabi irrumpe en el laboratorio clandestino donde Izuku es tratado como un recurso capaz de salvar a la humanidad, no ve un milagro ni un arma. Ve a un niño.
Un niño al que nadie le preguntó si le dolía.
Izuku nunca conoció el mundo.
Para él, la vida siempre fue una habitación y batas blanca, que no preguntaban y un poder que solo entendía de una forma: servir para que otros dejaran de sufrir, aunque a él le doliera hacerlo.
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