En las profundidades ardientes de Hazbin Hotel, donde los pecadores se consumen entre excesos y redención imposible, existe algo que ni siquiera el Infierno puede contener.
Él no cayó por accidente.
No arde por culpa.
No suplica salvación.
Es un ser de mente deslumbrante y corazón fracturado, un hombre que camina entre demonios como si fueran simples especímenes bajo su microscopio. Domina el camuflaje hasta volverse inexistente, conversa con las sombras como si fueran aliadas antiguas y abre portales que desgarran la realidad con la precisión de un bisturí. Cada experimento suyo es una sinfonía de cálculo... y sufrimiento.
Pero su mayor poder no es cósmico.
Es su hambre.
En un Infierno donde la gula suele ser carne, sangre o placer, la suya es distinta: conocimiento. Datos. Secretos. Verdades que nadie se atreve a desenterrar. Su sed no se sacia con almas ni con caos; desea comprenderlo todo, incluso aquello que debería permanecer sellado.
Sádico, analítico, brillante...
y peligrosamente curioso.
Mientras las sombras del Hotel buscan redención y otros conspiran por poder, él observa, estudia y disecciona. Porque para Cosmo, el Infierno no es un castigo.
Es un laboratorio.
Y cuando la curiosidad se convierte en obsesión, incluso el Infierno puede descubrir que existe algo más aterrador que la condena eterna:
un hombre que quiere entenderlo todo... sin importar cuánto deba destruir para lograrlo.
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