Hay recuerdos que no envejecen.
No importa cuántos años pasen, ni cuántas vidas vivamos después de ellos: permanecen intactos, suspendidos en algún rincón del alma, esperando el momento exacto para volver a doler… o a sonreír.
Esta no es la historia de un amor perfecto.
Tampoco es una promesa cumplida, ni un “para siempre” como los que suelen contarse. Es, simplemente, la historia de un amor que existió. Y a veces, eso basta.
Durante mucho tiempo me pregunté si había valido la pena. Si sentir tanto, en tan poco tiempo, era una bendición o una condena. Si aquel verano fue un regalo o una herida. Hoy sé que fue ambas cosas.
Hay personas que llegan a nuestras vidas sin aviso, sin intención de quedarse, pero con la extraña capacidad de cambiarnos para siempre. Personas que no regresan, aunque a veces el corazón se empeñe en buscarlas en cada rostro parecido, en cada risa familiar, en cada canción que suena demasiado fuerte en la memoria.
Yo era joven.
Ingenua, tal vez.
Creía que el amor tenía reglas claras, que se parecía a lo que me habían enseñado, a lo que estaba permitido sentir, a lo que estaba bien desear. No sabía que el amor podía ser silencioso, torpe, inesperado… ni que podía aparecer en el momento menos indicado, con el rostro equivocado y la sonrisa exacta para desarmarme.
Todo ocurrió en un verano.
Un verano que parecía común, como tantos otros, pero que terminó marcando un antes y un después en mi vida. Entre malteadas frías, risas compartidas y miradas que duraban un segundo más de lo debido, descubrí algo que nunca volví a sentir de la misma manera.
A veces me pregunto si él recuerda.
Si guarda ese verano en algún lugar de su memoria, como yo lo hago. Si, al escuchar cierta canción, algo dentro de él también se detiene por un instante.
Esta historia no busca respuestas.
No pretende explicar lo inexplicable ni justificar lo que no ocurrió. Solo quiere ser contada, porque hay amores que, aunque no se queden, merecen ser recordados.
Y esta…
esta es la mía.
All Rights Reserved