Megumi solo quería una tarde tranquila: comprar jabón, tal vez taiyaki, y volver a casa a leer en paz. Un plan simple. Civilizado.
Entonces... ¿cómo terminó convertido en la nueva cara gigante de Shibuya, con marcas de labial en el cuello y su dignidad proyectada en veinte metros de humillación?
Ah, cierto.
Fue gracias Itadori.
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