La ciudad creció a la sombra de un cerro que respira, cubierto por una bruma que baja cuando el partido habla y se espesa cuando alguien protesta. El país se gobierna con consignas y hambre planificada: cajas de comida que no alcanzan, sindicatos nacidos del poder y una épica revolucionaria que solo sobrevive en murales descoloridos. En el Barrio La Colina no hay señal ni teléfonos, y cuando llueve no solo cae agua: caen frutas. Desde las protestas de 1999, cuando el país cambió de rostro, pero no de manos, la miseria dejó de ser una falla y se volvió doctrina, y la muerte empezó a circular como moneda silenciosa.
Leandro Cárdenas, mensajero de la Coalición de Repartición de Alimentos, sube y baja las zonas cargando cajas y secretos, mientras sueña con sus muertos hablándole con hocicos y ojos humanos. Guiado por la santería yoruba de su tía y por los susurros de la Zona 7 -donde los santos sudan ron y la tierra late- descubre que en la hacienda de Marcos Aureliano las almas de quienes murieron bajo el sistema son convertidas en animales para los banquetes del poder. Cuando a Leandro le ordenan llevar provisiones de lujo a la cumbre, entiende que no va solo a entregar comida: va a mirar de frente un gobierno que se come a su pueblo y que, incluso después de muerto, no le permite descansar.
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