Elena...
Ese nombre, ese maldito nombre fue el de la desgraciada que arruinó mi vida.
Un hombre salía de mi habitación, estaba sobre mi cama, adolorida. Me dolían las piernas, las lagrimas mojaban el colchón. Mi dolía todo el cuerpo, sobre todo las partes más sensibles. Mientras, ella con una sonrisa en la puerta de mi habitación, recibía billetes verdes que aquel hombre le ofrecía.
-(...) Escúchame bien, a partir de hoy vas a trabajar como yo, ese fue tu primer cliente, pero habrá más... Vas a trabajar como una mula como mamá. Ya no pienso seguir manteniéndote. Tu padre se quiere hacer el correcto, pero lo que gana es mierda. ¡Yo, Elena, soy la que hace que ganemos dinero!
-¿Y le ocultas tu trabajo? ¿Este trabajo tan asqueroso? Eres una maldita prostituta. Yo no quiero ser como tú, asquerosa, ¡te odio con toda mi alma!
-Ay, Marianita, por favor. -dijo con una falsa voz de dolida- No sabes cuanto me afecta que no quieras a tu madrecita querida.
-Vete al infierno.
Ella salió de mi habitación y le puso el seguro a la puerta. Y yo me quedé en la cama temblando, pero con un fuego que hoy creció más dentro de mí. Esa bruja me iba a pagar lo que me hizo, esto es un delito, la denunciaré a la policía. Me da asco que sea mi madre, ella no es mi madre, la odio. Pero pagará... ella pagará por esto. No sé como pero me vengaré de ella así tenga que poner la tierra a arder.
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