Ya todo lo sabían. Las palabras habían corrido de boca en boca en tan poco tiempo, afianzándose con seguridad.
El miedo comenzaba a sentirse en las calles.
"Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia;
conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones."
La ansiedad se hacía cada vez más palpable.
"Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén."
Y el regocijo en el alma de los más fieles los hacía sentirse más cerca de su salvación.
"El que da testimonio de estas cosas dice: Ciertamente vengo en breve. Amén; sí, ven, Señor Jesús."
Porque, ciertamente, Dios estaba llegando.
Pero esto definitivamente no iba a ser como todos creían.
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