Leonardo Visconti es el chico al que todos admiran: amable, elegante, con una inteligencia que deslumbra y una sonrisa que parece capaz de disipar cualquier sombra. En la universidad es el corazón de su grupo de amigos - recuerda cada detalle sobre ellos, prepara cenas exquisitas en su apartamento, y siempre está ahí para ayudar sin esperar nada a cambio. Leo, como todos lo llaman, es el ejemplo de perfección humana... o al menos eso es lo que quiere que crean.
Porque detrás de esa fachada cuidadosamente construida late una mente que no funciona como la de los demás. Leonardo no ve a las personas como iguales, sino como objetos de estudio - y de cosecha. Selecciona a sus presas con la misma meticulosidad con la que elige los ingredientes para sus platos: observa sus movimientos durante semanas, descifra sus miedos y deseos, y se acerca a ellas con una amabilidad tan convincente que nunca despiertan sospechas.
Cuando la quietud de la noche cae sobre la ciudad, su verdadero trabajo comienza. Las cadenas en su sótano crujen con un ritmo suave y constante; los utensilios de cocina brillan bajo la luz de una lámpara única; cada corte es realizado con la precisión de un cirujano y la devoción de un sacerdote. Para él, el consumo no es un acto de hambre, sino un sacramento - una forma de absorber la esencia de quienes ha elegido, de hacer parte de sí mismo aquello que admira en ellos. Los restos desaparecen sin rastro, convertidos en abono para las plantas que decora su salón, o en elementos de las "especialidades" que sirve en sus cenas - platillos tan deliciosos que sus amigos nunca sospechan qué se esconde detrás de su sabor.
Leonardo Visconti no es malo. No es loco. Simplemente no es normal - y su naturaleza oculta es tan antigua como la humanidad misma, una oscuridad que ha aprendido a ocultar bajo capas de elegancia y cariño, mientras su apetito insaciable sigue creciendo con cada víctima que elige como su propia.
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