Antes del tiempo, antes del nombre de las cosas, antes incluso del primer latido... hubo luz.
No una luz que iluminara el vacío, sino una luz que era el vacío, el origen y el final, el silencio del que nacieron todas las voces. De ella brotó la vida, no como un acto de creación, sino como un deseo de existir.
Cada estrella, cada mundo, cada ser... no son más que fragmentos dispersos de aquella primera chispa. Ecos de algo infinito, buscando, sin saberlo, volver a su origen.
Los hombres la llamaron alma.
Los sabios, esencia.
Los dioses... recuerdo.
Pero en un rincón olvidado entre mundos, un corazón humano latía con algo más que vida.
Dentro de él ardía una luz que no debía existir.
Una luz que no pertenecía a ningún mundo.
Y cuando despertara...
La creación misma lo haría con él.
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