Siempre creyó que el amor tenía nombre y apellido.
Patricio Sardelli.
Desde chica, desde esas tardes eternas en la casa de los Sardelli, cuando el sol caía lento y la música sonaba de fondo, ella ya sabía a quién miraba primero. Pato, con esa seguridad natural, con la sonrisa fácil y la forma despreocupada de ocupar todos los espacios sin pedir permiso. Era imposible no notarlo. Imposible no imaginar.
Y así creció. Con ese amor callado, paciente, casi invisible.
Un amor que nunca fue correspondido… pero tampoco negado del todo.
Gastón, su mejor amigo, siempre estuvo ahí. Cómplice, protector, el que la conocía incluso cuando ella no decía nada. Él veía todo: las miradas que duraban un segundo de más, los silencios incómodos, las esperanzas disfrazadas de “nada que ver”. Nunca la juzgó. Nunca la expuso. Solo estuvo.
Y Guido…
Guido era otra cosa.
El hermano menor. El callado. El que parecía vivir un paso atrás de todos, observando más de lo que hablaba. Para ella, Guido siempre fue eso: el chico tímido que escuchaba, que se reía bajito, que parecía no meterse en líos. Nunca fue parte del problema. Nunca fue parte del deseo.
O eso creía.
Porque mientras ella miraba a Pato sin ser vista, alguien más la miraba a ella.
En silencio.
Sin intenciones claras.
Sin saber siquiera que eso que sentía tenía nombre.
El amor no llegó de golpe.
No gritó.
No empujó la puerta.
Solo esperó.
Y lo hizo desde el lugar más inesperado.
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