Se odiaban con ganas, con rabia, con necesidad. Cada encuentro era una guerra y cada palabra un golpe. No se respetaban, no se cuidaban... pero tampoco podían mantenerse lejos. Mattheo ardía cada vez que veía a Theodore hablando o coqueteando con otros chicos, aunque fingiera que no le importaba. Y Theodore no era diferente: la sola idea de Mattheo riendo o acercándose demasiado a chicas -o chicos- le revolvía el estómago. El odio se volvió costumbre y los celos, una obsesión silenciosa. Porque cuando tu enemigo conoce todas tus debilidades, enamorarte de él no es amor: es perder el control.
Seluruh Hak Cipta Dilindungi Undang-Undang