¡Me enamoré del chico equivocado!
Un día me ofreció una Pop-Tart de frambuesa y entrenamiento personal de baloncesto, y nunca más olvide su dulce sonrisa.
Excepto cuando su sonrisa se ocultaba tras esa máscara roja, que lo hacía parecer un rebelde por faltar a clase de álgebra, porque, según él, "un gran poder conlleva una gran responsabilidad".
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