Furina, arconte de la justicia, siempre impecable ante los ojos del mundo.
Adorada, querida, idolatrada por una nación que nunca imaginó que aquella perfección era solo una máscara.
Cuando llegó el juicio, todo se quebró.
Algunos la odiaron, otros se sintieron traicionados.
Pero nadie sufrió más que ella.
Calló.
Calló aun sabiendo que el silencio le costaría todo, porque era la única forma de salvar a su pueblo.
Fontaine, la nación que ya no quería a su arconte.
¿A quién debían culpar por lo ocurrido?
¿A Neuvillette? ¿A Clorinde?
No.
Todos señalaron a Furina.
¿Y ella qué podía hacer?
Nada.
Ya no era nadie.
Ya no tenía un lugar, ni un propósito claro.
Aunque su reflejo le deseó una vida feliz como humana, ¿qué sentido tenía eso ahora, cuando todo lo que había sido dejó de existir?
Sin divinidad, sin voz, sin un papel que cumplir...
¿Quién era Furina?
Tal vez lo único que le quedaba era fingir que nada había pasado.
Sonreír. Seguir adelante.
Y cargar sola con un dolor que no se atrevía a compartir con nadie.
Porque Furina eligió el silencio.
Y el silencio también duele.
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