-Hazme caer... te lo ruego. Mírame, Jungkook... te lo suplico-
Las palabras de Jimin se deshicieron entre lágrimas, quebradas, naciendo desde un rincón de aquella habitación que alguna vez fue refugio de risas, promesas y sueños compartidos. Hoy, ese mismo espacio yacía cubierto por la sombra espesa de la desconfianza, como tinta negra derramada sobre un lienzo irrepetible, justo en el instante en que el pintor comprende que ha arruinado su obra más amada.
La mirada de Jungkook dolía. Pero dolía aún más entender que Jimin necesitaba romperse para poder huir de los brazos que un día lo abrigaron, de ese calor que ahora quemaba como un recuerdo maldito.
-Hazme caer... antes de desaparecer. Por favor-
Su voz tembló, no por miedo, sino por agotamiento.
-Porque mi alma siempre será tuya... pero mi cuerpo implora descanso, y mi corazón... mi corazón ya no siente-
Y en ese silencio posterior, algo murió sin hacer ruido.
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