The New Yorker

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Durante años, Shane Hollander e Ilya Rozanov fueron leyendas del hockey profesional. Compañeros de equipo, rivales en la pista, figuras impecables ante la prensa. Nadie notó que, lejos de las cámaras, mantuvieron una relación secreta que atravesó temporadas, viajes y silencios cuidadosamente pactados. El tiempo pasó. La fama creció. La relación terminó sin escándalos ni explicaciones públicas. Años después, ya retirados, el destino los vuelve a cruzar: ambos son entrenadores de sus propios equipos, igual de influyentes, igual de observados. El reencuentro remueve instintos, recuerdos y promesas que nunca se dijeron en voz alta. Shane, ahora un omega respetado y reservado, guarda un secreto sobre aquella relación pasada. Uno que Ilya nunca conoció.
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Nadie en la liga dudaba de dos cosas: que Ilya Rozanov era el alfa más temido del hockey profesional, y que Shane Hollander era uno de los mejores jugadores de su generación, aunque fuera omega. Lo que sí dudaban -y por eso murmuraban- era de cómo un omega había llegado tan lejos sin romperse. Shane lo sabía. Desde el día en que su presentación secundaria lo marcó como omega, entendió que no podía darse el lujo de fallar. La liga aún era cruel. Los contratos, frágiles. Un celo mal manejado podía destruir una carrera entera. Así que aprendió a controlar su cuerpo, a esconder su aroma, a resistir lo que otros omegas no podían. Ilya fue la solución. Y el problema. Su rival más constante. Su enemigo público. El alfa que lo golpeaba contra las tablas y lo miraba como si el mundo solo existiera dentro del hielo. Entre ellos nunca hubo palabras bonitas, ni promesas. Solo un acuerdo: encuentros discretos, feromonas controladas, ayuda durante los celos... y silencio absoluto. Funcionó durante años. Demasiado bien. Hasta que el cuerpo de Shane decidió romper todas las reglas.

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