Babe tenía ciento veinte años, aunque nadie lo diría. Su apariencia era la de un hombre de veinticinco: piel pálida, ojos intensos y una calma inquietante que parecía detener el tiempo a su alrededor. Vivía oculto entre los humanos desde hacía décadas, aprendiendo a mezclarse, a fingir latidos y respiraciones que ya no necesitaba.
Charlie, en cambio, tenía veintidós años y una risa fácil. Era humano, completamente humano, con una curiosidad que lo metía en problemas más seguido de lo normal. Trabajaba en una pequeña librería del centro, un lugar antiguo, lleno de polvo... y de secretos.
-¿Buscas algo en especial? -preguntó Charlie con una sonrisa sincera.
Babe dudó. Hacía años que nadie lo miraba así, sin miedo, sin sospecha.
-Algo viejo -respondió-. Algo que haya sobrevivido al tiempo.
Charlie rió suavemente.
-Entonces estás en el lugar correcto.
Desde esa noche, Babe volvió una y otra vez. Conversaban sobre libros, música, noches interminables. Charlie sentía que Babe era diferente, misterioso... pero nunca peligroso. Con él, se sentía extrañamente a salvo.
Babe, por su parte, luchaba contra lo imposible: se estaba enamorando.
Y amar a un humano era la única regla que nunca debía romper.
Una noche, bajo un cielo sin luna, Babe decidió decir la verdad. No podía seguir mintiendo.
-Charlie... hay algo que debes saber -dijo, con voz baja-. No soy como tú.
Charlie lo miró en silencio, sin interrumpir.
Cuando Babe terminó de hablar, el aire quedó suspendido entre ellos. Charlie tragó saliva, el corazón acelerado... pero no retrocedió.
-Entonces -dijo al fin-, eso explica por qué nunca pareces cansado.
Babe lo miró, sorprendido.
-¿No tienes miedo?
Charlie negó con la cabeza.
-No. Porque nunca me has hecho daño. Y porque... sigo viéndote como Babe.
Por primera vez en más de un siglo, Babe sintió algo parecido a esperanza.
Quizás el amor no tenía edad.
Quizás incluso un vampiro podía volver a sentir
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