Antes de que existieran los reinos,
antes de las coronas y los juramentos,
ella ya estaba allí.
No nació: despertó.
La naturaleza la reconocía como guardiana, las criaturas se inclinaban sin temor, y el universo ajustaba su pulso al ritmo de su respiración. No conocía la compasión, porque la compasión es un invento humano. Ella conocía el equilibrio, y eso era suficiente.
Los humanos eran efímeros.
Las emociones, un error de diseño.
Por eso, cuando los oráculos anunciaron que debía unirse al príncipe heredero, no protestó. Un matrimonio era un intercambio, una herramienta más para sostener el orden del mundo. No importaba el nombre del hombre. No importaba su mirada. No importaba su amor.
Nada humano lo hacía.
El problema surgió cuando el universo cometió una excepción.
Un latido nuevo apareció en su interior, pequeño, caótico, humano. No lo llamó hijo. Lo llamó desviación. Supo entonces que el equilibrio exigiría un precio mayor que su propia vida.
Y lo aceptó sin dudar.
Porque ella nunca juró proteger a la humanidad.
Nunca prometió amar.
Nunca fue madre.
Solo fue fiel a una ley más antigua que los reyes,
más fría que el odio
y más cruel que la muerte:
el equilibrio no ama.
Todos os Direitos Reservados