74 parts Complete Cuando la volví a ver, mi música se apagó. Así, literal: silencio.
Ni un acorde, ni un ritmo, ni esa melodía testaruda que me persiguió toda la vida como un perro callejero con buen oído.
Yo, que podía inventar una canción hasta con el ruido del tren, me quedé vacío. Seco.
Como si alguien hubiese desenchufado la parte de mi alma que me hacía sentir.
Ella estaba en el mismo banco de siempre - aunque para mí, ese "siempre" no existía hacía años-, encorvada, llorando como si algo se hubiera quebrado desde muy profundo. No sabía qué le pasaba. Solo supe que me arrastró hacia ella como un imán.
Y ahí, en ese movimiento chiquito que me acercó a su tristeza, pasó lo imposible:
todos los fragmentos de canciones, de viajes, de noches sin dormir, de escenarios improvisados... desaparecieron.
La melodía que me había acompañado desde la adolescencia, esa que aparecía cuando más la necesitaba, se esfumó sin dejar rastro.
El universo se quedó callado. Y yo también.
Un poco después entendí por qué. Un poco después entendí quién era ella para mi música.
Y qué tenía que hacer para que volviera a sonar.