El Dragón del Abismo
Antes del fluir del tiempo, él ya existía.
Abyssroath, la deidad dragón primigenia de la oscuridad.
Su reino dominó la nada durante eones incontables, una existencia absoluta en el vacío eterno... hasta que apareció él.
Un dragón dorado.
Un extraño.
Un intruso.
Trajo consigo algo que jamás había existido: creación.
Luz.
Forma.
Vida potencial.
Los dos titanes colisionaron en una batalla colosal que se extendió por más de mil eras. El vacío se desgarró, la inexistencia se fracturó y la realidad comenzó a gestarse entre sus choques.
Al final, el dragón dorado logró imponerse sobre Abyssroath.
Pero la victoria tuvo un precio.
Su propia vida.
En su último acto, utilizó su esencia para sellar a Abyssroath, confinándolo en las profundidades del vacío eterno, encadenado dentro de una brecha dimensional fuera del flujo natural del universo naciente.
Sin embargo, antes de ser sellado, Abyssroath ejecutó su último movimiento.
Con el fragmento final de su poder ancestral, dio origen a dos conceptos fundamentales:
Los Sueños.
El Infinito.
Con la caída del Dragón Primigenio, el universo tuvo por fin la oportunidad de desarrollarse.
De aquellos conceptos nacieron dos existencias colosales:
Great Red, el Dios Dragón de los Sueños.
Ophis, la Dragona del Infinito.
Desde ellos, la creación floreció.
Miles de dioses surgieron.
Razas innumerables poblaron las estrellas.
Mitologías completas se entrelazaron en el vasto lienzo del cosmos.
La batalla entre la oscuridad y la creación dio origen a todo lo que existe.
Pero Abyssroath no había desaparecido.
Encadenado en la brecha dimensional, dormía.
Y en su letargo, sentía.
Sentía cómo, con el paso de los milenios, las ataduras comenzaban a debilitarse.
Una promesa oscura ardía en su núcleo:
Destruiría todo lo que ese bastardo dorado había creado.
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