-La próxima vez yo elijo los disfraces -sentenció Reo, la voz tensa como una cuerda a punto de romperse. Bachira se encogió de hombros, completamente ajeno al drama. -Ya se los dije: la tienda de disfraces estaba cerrada y el templo estaba abierto. Fue lo primero que encontré. -¿Un templo? -preguntó Yukimiya, genuinamente perplejo. -Estaba abierto -repitió Bachira como si eso lo explicara todo-. Y había ropa. Sae no participó en la discusión. Caminaba al frente del grupo con pasos largos y decididos, la túnica negra ondeando a su paso como alas de cuervo. La barba postiza le colgaba un poco torcida, pero nadie se atrevió a mencionarlo. -Da igual -dijo al fin, la voz cortante como vidrio roto-. Encontramos a mi hermano ¿Quién sabe qué le estará haciendo ese delincuente bueno para nada a mi bebé? -masculló entre dientes. La palabra "bebé" salió tan fuera de lugar en su boca que varios de los chicos se detuvieron un segundo, atónitos. Isagi carraspeó, incómodo. -Sae... Rin no es exactamente un bebé... Sae se giró tan rápido que la borla del sombrero voló hacia atrás. -¿Quieres decirme que mi hermano de dieciséis años sabe lo que hace cuando se sube a la moto de un exlíder de pandilla que tiene tatuajes de rosas negras en el cuello y que probablemente ha matado gente? ¿Eso quieres decirme, Isagi? Isagi levantó las manos en señal de rendición. -No, no... solo digo que... -Entonces cállate -cortó Sae, y siguió caminando.
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