En el reino de Lythariel, las flores eran más que vida: eran ley.
Crecían en los tejados, trepaban por las torres de mármol y cubrían los caminos como si la tierra misma respirara pétalos. Al amanecer, sus corolas se abrían en un murmullo suave que los sacerdotes llamaban bendición. Decían que mientras las flores cantaran, los dioses permanecerían.
Y nadie, bajo ningún decreto, podía dañarlas.
Ni arrancarlas.
Ni marchitarlas.
Mucho menos quemarlas.
El fuego era un pecado que no tenía absolución.
Pero Mai Valtheris había visto lo que los demás no quisieron mirar.
Había visto pétalos ennegrecerse por dentro sin perder su color.
Había visto raíces palpitar como si algo oscuro respirara bajo la tierra.
Había sentido cómo el perfume dulce de las flores comenzaba a oler a podredumbre.
Y aquella noche, bajo un cielo demasiado sereno para la verdad que sostenía entre las manos, decidió que lo sagrado también podía enfermar.
El primer pétalo ardió en silencio.
No hubo grito divino.
No hubo rayo castigador.
Solo el sonido leve del fuego consumiendo aquello que todos veneraban.
La ceniza se elevó como un suspiro.
Mai no lloró.
Sabía que al amanecer la acusarían.
Sabía que su familia cargaría con la maldición destinada a quienes traicionaban el corazón floral.
Pero mientras las llamas morían, algo ocurrió.
Más allá de los muros dorados de Lythariel, donde comenzaban las tierras prohibidas, el viento cambió de dirección.
El invierno - eterno, distante, paciente - levantó el rostro.
Y en el reino donde nada florecía desde hacía siglos, el rey Ayram Eryndor abrió los ojos.
Como si, al fin, alguien hubiera respondido a su llamada.
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