Yesung siempre había sido exactamente lo que la gente susurraba a sus espaldas: un fuckboy impecable. Encantador. Intenso. Magnético. Pero incapaz de asentar cabeza. Las relaciones se le diluían entre los dedos como agua. Al principio era devoción, mensajes a las tres de la mañana, promesas dichas con una mirada demasiado sincera para ser mentira. Luego, cuando el interés comenzaba a volverse expectativa... él ya estaba mirando hacia otro lado. Sus objetivos cambiaban con la misma frecuencia que su humor. Un proyecto nuevo. Una ciudad distinta. Un rostro diferente en su cama. No era crueldad deliberada. Era incapacidad. No sabía quedarse. Hasta que conoció al hijo de su jefe. Kyuhyun no era como el resto. Ni impresionable. Ni curioso. Ni mínimamente interesado. Yesung lo vio por primera vez en una cena corporativa, apoyado contra una pared, revisando su teléfono con evidente aburrimiento. Elegante sin esfuerzo. Distante sin intentar parecerlo. Perfecto para una noche, pensó Yesung. Un desafío limpio. Algo que conquistar y dejar atrás antes de que se volviera complicado. El problema apareció cuando intentó acercarse.
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