El primer día que lo vi, supe que iba a arruinarme la vida. No fue una corazonada romántica, ni un presentimiento poético. Fue una certeza: de esas que te golpean como un reflector directo a los ojos. Los Ángeles olía a cables calientes, café caro y sueños que quemaban. Yo venía de Buenos Aires con una valija que no cerraba bien y un contrato que todavía no podía creer. Ellos decían que era "la nueva revelación latina". Yo apenas podía respirar del miedo. Y entonces apareció él. Con su fama, su seguridad irritante, el pelo perfectamente desordenado y esa mirada de "ya estuve en este mundo y vos no". El chico prodigio de Hollywood. El protagonista intocable. El que todo el mundo adoraba... menos yo
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