En el principio de los tiempos, cuando el universo aún respiraba sin nombre, las estrellas jugaban como siluetas de luz en la vastedad infinita.
Todas menos una.
Pequeña, redonda y con un brillo imposible de imitar, aquella estrellita aprendió a caminar sola entre las sombras del cosmos, apartada por no saber arder como las demás. Hasta que un día la vio.
La Noche.
De cabellos largos y oscuros como el abismo más profundo, vestida de plata y silencio, la Noche descendía cada ciclo para cubrir el mundo... siempre comprometida con el radiante y eterno Día.
Pero en el horizonte -ese límite donde nada pertenece por completo- comenzó un encuentro.
Breve. Imposible. Destinado.
Mientras el universo sigue su curso, una pequeña estrella espera cada crepúsculo solo por unos minutos de compañía. Y la Noche, que ama al Día con la intensidad que sostiene el mundo, guarda sin embargo una sonrisa secreta para aquella luz distinta.
Una historia sobre lo que no puede ser...
sobre el amor que no reclama,
sobre los destinos que se rozan sin romper el equilibrio del cosmos.
Porque hay vínculos que no están hechos para poseerse,
sino para mirarse desde el borde del infinito.
Y desde entonces, aquellos dos astros permanecen destinados a extrañarse para siempre.
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