El arte de insultar a quien amas
Dicen que Nápoles es una ciudad explosiva, pero claramente no me conocían a mí.
Cuando dejé atrás las calles históricas de Roma, juré que mi actitud sería mi único escudo. En el Instituto, todos aprendieron rápido las reglas del juego de Allison: si te hablo con sarcasmo, me caes bien; si te mando a la m*erda, probablemente te quiero; y si te ignoro... bueno, ahí sí que tienes un problema.
Soy fría, soy directa y, según mi mejor amiga Isabella, soy "un dolor de cabeza con patas". Pero ella sabe que si alguien se atreve a tocarle un pelo, soy la primera en aparecer para prender fuego al mundo si es necesario.
Pero luego está él. Fabio.
El mejor amigo de Isabella. El chico que, desde primero de la ESO, decidió que mis muros de hielo eran un reto personal. Lo supe desde el primer segundo: tenía algo. Una chispa en la mirada que me desarmaba, aunque yo respondiera con un desplante.
Llevamos tres años en este baile. Tres años de miradas robadas, de silencios que lo dicen todo y de palabras hirientes que esconden un "me muero por ti". Dicen que del odio al amor hay un paso, pero lo nuestro es un laberinto sin salida.
Lo peor de todo es que el idiota sabe que me gusta. Y yo sé que le gusto. Pero antes de admitirlo, prefiero que me trague el Vesubio.
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