El calor en Valencia no era solo por el sol del Caribe; era el vapor denso de la lacrimógena que se filtraba por las rendijas de las ventanas rotas. En el apartamento, el aire era una mezcla de vinagre, sudor y desesperación.
- ¡Te dije que no salieras, coño! -el grito de mi padre retumbó en las paredes descascaradas-. ¡Mira cómo llegaste! ¡Con la camisa rota y sin nada!
- ¡Papá, no había nada en el mercado! ¡Lo que había se lo llevaron los guardias! -mi hermano mayor, Carlos, le devolvió el grito, limpiándose la sangre de un raspón en la frente-. ¿Qué quieres que haga? ¿Que me quede sentado viendo cómo Isabella y los niños pasan hambre?
- ¡Prefiero que tengan hambre a que me traigan tu cadáver! -rugió él, golpeando la mesa de madera vieja que crujió bajo su puño.
Yo estaba en la esquina de la cocina, tratando de raspar el fondo de una olla de arroz pegado para dárselo a mi hermana pequeña. Me dolía el estómago, un vacío constante que ya ni siquiera se sentía como hambre, sino como un hueco frío. Afuera, el sonido de las cacerolas retumbaba en todo el bloque de edificios, un ritmo metálico de furia.
- ¡Ya basta! -mi madre salió del cuarto, con los ojos hundidos y el rostro cenizo-. No peleen más. Solo... solo vamos a descansar. Mañana será otro día.
- Mañana será igual, mamá -susurré, dejando la cuchara. Sentí una punzada de amargura.
Esa noche, me acosté en el colchón desgastado, con el sonido de los disparos a lo lejos. Para escapar, cerré los ojos y me refugié en lo único que me mantenía cuerda: mis historias. Imaginé que no estaba en una dictadura, sino en un mundo de héroes. Imaginé a All Might descendiendo del cielo para salvarnos a todos con una sonrisa. Imaginé ser como Sung Jin-Woo, levantándome de entre los muertos, volviéndome tan fuerte que nadie, ni el hambre ni los soldados, pudiera volver a tocar a mi familia.
"Levántate", susurré en la oscuridad, imitando al Monarca de las Sombras. Pero mi c
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