Mei no le dio su número. Le dio el de su papá. Y no, no fue un accidente. Lo que empieza como un intento desesperado por evitar a un payaso termina convirtiéndose en algo mucho más complicado: un juego de orgullo, indirectas, miradas incómodas... y sentimientos que ninguno de los dos quiere admitir. Porque claro, es más fácil hacerse el difícil hasta que te das cuenta de que la otra persona ya se cansó. Lo que inicio con una entrevista y un numero equivocado termina en una historia de amor.
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