El mundo no murió de golpe.
No hubo una explosión final, ni un grito colectivo, ni un instante claro al que pudiera llamarse el fin. Aëryndor se apagó como se apagan las cosas que han sido forzadas demasiado tiempo: en silencio, con resistencia, con dignidad mal entendida.
La magia fue lo último en caer.
No porque fuera fuerte, sino porque estaba cansada.
Dicen que el mundo se perdió por la guerra. Otros aseguran que fue culpa del poder, del Consejo, de decisiones antiguas que nunca debieron tomarse. Todos están equivocados.
El mundo empezó a morir el día que alguien tuvo que elegir entre salvarlo...
y salvarse a sí mismo.
Aren lo sintió primero.
Elian lo entendió después.
Y cuando ambos lo supieron, ya era demasiado tarde para evitarlo.
Esta no es una historia sobre héroes.
Es la historia de lo que queda cuando el amor no basta,
cuando la magia exige un precio,
y cuando sostener un mundo puede ser más cruel que dejarlo caer.
Porque a veces, el verdadero final no es la destrucción.
Es la decisión de seguir respirando entre las ruinas.
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