En el borde de la azotea, con el viento helado azotándome la cara y el mundo borroso allá abajo, siento que esta vez no hay vuelta atrás. El pánico me ahoga, el estrés me quema por dentro como un fuego que no se apaga, y la soledad me envuelve como nunca antes. ¿Cómo llegué aquí? Todo empezó esa mañana, cuando salí de casa temblando, con el corazón latiéndome en la garganta, después de ver esas dos líneas en el test que lo cambiaban todo. Lo Llamé a él, al padre, con la voz quebrada, pero sus palabras fueron como un cuchillo: "No puedo hacerme cargo, fue un error, estás sola en esto". El calor me invadió, un calor asfixiante que me hacía sudar el alma, y el cansancio de siempre volvió a aplastarme, recordándome que nadie está a mi lado cuando más lo necesito.
Dejé una nota para mamá en la cocina, unas palabras garabateadas que decían adiós, que no podía más con este dolor que me carcome. Me dirigí al edificio de siempre, ese refugio cerca de casa donde solía ir a pensar, a vaciar la mente de tormentas. Pero esta vez, subí hasta lo más alto, lista para acabar con todo: el abandono, la soledad, la tristeza, los problemas que me persiguen, la sensación de que el mundo me ha dejado atrás. Justo cuando el vacío me llama, él aparece -mi psicólogo, el hombre que una vez me ayudó a respirar de nuevo, pero que se alejó cuando más lo necesitaba-. ¿Podrá su voz romper esta oscuridad? ¿O será demasiado tarde para que yo vuelva a sentir que vale la pena luchar?
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