En la antigua Grecia, donde los dioses aún susurraban en el viento y la sangre de los héroes manchaba la tierra como ofrenda, existía un nombre que hacía temblar ejércitos enteros: Hyunjin, el Rey de la Guerra.
Decían que había sido bendecido por Ares y observado con cautela por Atenea. Sus victorias eran incontables; su mirada, más afilada que cualquier lanza. Gobernaba desde un templo erigido en lo alto de una colina de mármol blanco, donde las antorchas ardían incluso bajo la luz del sol, como si el fuego se negara a abandonarlo.
Pero incluso el hombre más temido necesita sirvientes.
Y fue así como una tarde, tras una batalla que dejó al mar teñido de rojo, le ofrecieron un regalo.
No era oro.
No era un arma forjada por los dioses.
Era un muchacho.
Pequeño. Delgado. Demasiado frágil para aquel mundo de acero.
Se llamaba Félix.
Sus muñecas llevaban marcas antiguas, cicatrices que hablaban de cadenas y de manos crueles. Sus ojos -demasiado grandes para su rostro- no reflejaban miedo... sino algo peor: costumbre. Como si el dolor hubiese sido su única patria. Como si hubiera aprendido a sobrevivir callando.
Cuando lo empujaron al centro del salón de guerra, frente al trono de piedra, todos esperaban que Hyunjin lo rechazara. ¿Qué utilidad tenía una criatura tan débil para el rey que aplastaba imperios?
Pero Hyunjin no apartó la mirada.
El silencio se volvió espeso.
Félix levantó los ojos apenas un segundo... y fue suficiente.
No fue desafío.
No fue sumisión.
Fue una chispa.
Algo se tensó en el aire. Invisible. Prohibido.
El Rey de la Guerra sintió, por primera vez en años, que su pulso se desacompensaba. No por ira. No por ambición. Sino por una inquietud desconocida, casi peligrosa.
Porque Félix no parecía hecho para la guerra.
Y, sin embargo... algo en él parecía capaz de destruirlo todo.
A veces, los imperios no caen por espadas.
Caen por una mirada.