Cuando el pueblo hablaba de un alfa, siempre lo describía igual:
fuerte, dominante, territorial.
Un pilar para formar un hogar, un protector nato, alguien digno de admiración.
Pero él no encajaba en esa idea.
Desde muy pequeño, un accidente marcó su destino y dejó su cuerpo distinto al de los demás. Al crecer, también creció la burla, el rechazo silencioso, las miradas que evitaban encontrarse con las suyas. Aprendió pronto que no todos los alfas eran aceptados... y que algunos eran considerados defectuosos.
Así fue como se aisló.
Así pasaron los años.
A los veintiséis, seguía siendo el único alfa del pueblo que jamás había formado un hogar. No porque no quisiera, sino porque nunca fue invitado a soñar con uno. Tampoco hubo un omega dispuesto a elegir a alguien como él, alguien que no cumplía con lo que el mundo esperaba de un alfa.
Vivía lejos, en silencio, convencido de que ese era su lugar.
Nunca pensó que todo podría cambiar.
Quizá fue el destino.
Quizá un accidente.
O tal vez la vida, cansada de verlo esconderse, decidió poner en su camino a un pequeño omega capaz de enseñarle algo que había olvidado por completo: su propio valor.
Porque el amor no siempre nace en el primer instante.
A veces se construye, poco a poco, con paciencia, miradas sinceras y pequeños gestos.
Y crear amor...
es uno de los actos más hermosos que existen,
capaz de unir dos corazones
y convertirlos en uno solo.
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