Nadie me enseñó a despedirme sin prisa.
La primera vez que perdí a alguien importante, tenía un examen enfrente y la segunda vez, también.
Aprendí que el mundo no se detiene por tu dolor, que los calendarios no se mueven por un entierro, que puedes abrazar un ataúd en la mañana y estudiar farmacología en la tarde, descubrí que el cuerpo es obediente; se levanta, camina, presenta exámenes, expone casos clínicos y sonríe cuando es necesario, pero, el alma no.
El alma se queda un poco atrás, se sienta en la última banca del funeral, se queda en la silla vacía del comedor, se queda en la idea absurda de querer retroceder el tiempo.
Yo seguí, no bajé calificaciones, no abandoné la carrera, no dejé de cumplir, pero algo empezó a sentirse sofocado, no era debilidad, era duelo acumulado.
Empecé a llorar por cosas pequeñas, a cansarme de escuchar palabras como "hospital", "insumos", "urgencias", canda de sentir que estaba viva pero desgastada.
Porque a veces sobrevivir también cansa y nadie te prepara para eso.🫂🕊️
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