Ella aún tenía olor a cuaderno nuevo,
a recreos sin terminar,
a promesas dichas en voz baja frente al espejo.
Pero la vida no preguntó su edad
cuando puso en sus brazos
un corazón latiendo.
La llamaron imprudente,
la miraron como si la culpa
fuera un vestido que no supo abrocharse.
Nadie vio el miedo
escondido en sus manos pequeñas,
ni la noche interminable
en la que dejó de ser niña
sin despedirse.
La maternidad le llegó
como tormenta sobre techo de chapa:
ruidosa,
implacable,
imposible de ignorar.
Y aun así,
en medio del barrio que cruje de hambre,
entre cuentas que no cierran
y miradas que pesan más que el pan,
ella aprendió a partirse en dos:
mitad cansancio,
mitad ternura.
Hay una soledad que no se elige.
Una que se sienta a la mesa
cuando falta el otro plato.
Una que se acuesta al lado
cuando el silencio es más grande que la cama.
Ella la conoce.
La abraza sin quererlo.
La enfrenta cada mañana
cuando sale a pelearle al día
con un bebé en brazos
y el orgullo escondido bajo la ropa gastada.
No duerme lo suficiente.
No come primero.
No sueña como antes.
Pero cuando su hijo sonríe,
cuando esos ojos la buscan
como si fuera todo el universo,
algo en su pecho se enciende
con una fuerza antigua,
casi sagrada.
Porque en la pobreza
también crece la dignidad.
Porque en la juventud forzada
también florece el coraje.
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